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Asturias, Spain
Javier Cosnava nació en Hospitalet de Llobregat, aunque reside en Oviedo. Ha publicado en papel 4 novelas como escritor en editoriales como Dolmen o Suma de Letras; también 5 novelas gráficas en España y Francia como guionista de cómic. Ha colaborado en 9 antologías de relatos: 7 como escritor y 2 como guionista. Ha ganado 36 premios literarios, destacando el Ciudad de Palma y el premio Haxtur del Festival del Principado de Asturias. Puedes seguir su obra en: http://cosnava.wordpress.com/

martes, 12 de junio de 2012

15-Un cuento sobre el nazismo


Hoy me desperté pensando que a este blog que habla de literatura le faltaba una pequeña muestra de eso mismo: de literatura. Así pues, os dejo este cuento, que habla de la fatalidad y de la camarada Gertrud Scholtz-Klink, un personaje que pocos conocen pero que fue amiga personal de Hitler y uno de las figuras del Tercer Reich, presidenta de  Liga de Muchachas Alemanas, la variante femenina de las Juventudes Hitlerianas. En este cuento quería hablar de la injusticia social y de que siempre nos pisan el cuello los mismos, los poderosos, de los cuales una jerarca nazi resulta perfecta como metáfora.






SERVICIO A LA COMUNIDAD

La camarada Gertrud Scholtz-Klink tenía un mensaje de su secretaria. Un hombre desconocido le había llamado a su número privado. Quién y porqué... eso era un misterio. Y Gertrud odiaba los misterios. Ella era una de las más antiguas y devotas seguidoras del Führer, y desde hacía casi una década estaba al frente de todas las organizaciones femeninas nazis. Tal vez era la mujer más poderosa de Alemania y de ninguna manera iba a permitir que un cualquiera se atreviese a llamar a su número personal. Las mujeres, aunque no tuvieran acceso a la jerarquía militar, a la dirección del partido ni a sus comisiones directivas, hacía mucho que habían encontrado la forma de ser útiles a la causa nacionalsocialista, y se multiplicaban por todas partes a través de la Liga de Muchachas Alemanas, la variante femenina de las Juventudes Hitlerianas, demandando en cada esquina donativos, ayudas y quién sabe qué cosas más a cualquier viandante. El objetivo de Gertrud en la vida era, pues, servir a la patria y a la comunidad, al Volk o pueblo alemán, pero para servirle debía tener espacio para la intimidad, y quien se hubiera atrevido a robar su número (¡Por Dios, un número que sólo tenía Adolf Hitler y una docena de altos jerarcas del partido!) lo iba a pagar muy caro.
            ¿Tienes el número de teléfono del que llamó?, ladró a su secretaria. Ésta respetuosamente, dejó una hoja de papel cuadriculado en la mesa de su jefa y volvió a su despacho, notando que le temblaban las piernas. Gertrud, personalmente, cosa que nunca había hecho, giró la rueda del aparato y fue marcando cada cifra poniendo cuidado en no equivocarse y anticipando mentalmente el tono de voz frío, glacial, que pensaba utilizar con su interlocutor.
            Hans Boll era un viejo bedel que llevaba muchos años sirviendo al estado Alemán. Había sido funcionario antes, durante y después de la primera guerra mundial; lo había sido durante la república de Weimar y finalmente con llegada de Hitler al poder. Llevaba treinta años de servicio y, ahora, cercana su jubilación, disfrutaba de un puesto tranquilo en la centralita del Frente Alemán del Trabajo, una de las muchas organizaciones nazis que debían servir para algo pero que nadie sabía bien para qué, aparte de manipular a la gente y de hacerle llevar por la calle banderitas con la esvástica sobre fondo rojo.
            Sonó el teléfono. Una mujer furiosa le preguntó por qué le había llamado, que quién le había dado su teléfono, si sabía quién era ella. Hans repuso que él no la había llamado, que aquello era una centralita y era imposible saber quién había efectuado la llamada a la que se refería. La mujer comenzó a chillar, iracunda, y exigió saber quién era él. Hans se negó a menos que ella hiciera lo propio y revelara su identidad y dejase de gritar como una energúmena. Luego de diez minutos de discusión, el bedel, cansado, le dijo su nombre y su puesto en la centralita del Frente Alemán del Trabajo. Al otro lado de la línea se produjo un profundo suspiro de satisfacción. Acto seguido, la mujer dijo: Páseme con su jefe: Robert Ley. Es amigo mío. Dígale que le llama la camarada Gertrud Scholtz-Klink.
            Hans le preguntó a su jefe si quería recibir la llamada y Robert Ley, uno de los más altos jerarcas nazis, afirmó que por supuesto, que llevaba horas intentado ponerse en contacto con Gertrud por un asunto de competencias entre las organizaciones que dirigían ambos. Hans le pasó la llamada y regresó a sus quehaceres. No volvió a pensar en todo aquel asunto, pero cuando terminó su jornada, horas más tarde, el viejo bedel fue llamado por el jefe de personal, que le dijo que al día siguiente iba a ser trasladado a archivos, donde tendría que ir a turnos (llevaba quince años trabajando de 8 a 15) y perdería cerca de la mitad de su sueldo.
            El viejo bedel decidió que aquello era una ironía del destino; que la presidenta de las organizaciones femeninas del Reich, que decía servir al pueblo, había decidido hacerle caer en desgracia por servir al pueblo lo mejor que había podido, intentando deshacer un malentendido provocado en realidad por su jefe y ella misma.
            Llegando a casa una niña le abordó por la calle: Señor, señor, soy una voluntaria de la Liga de Muchachas Alemanas, ¿quiere una insignia de Auxilio de Invierno? Sólo cuesta unos pocos reichmarks y con lo que recaudemos, la camarada Gertrud Scholtz-Klink va a comprar ropa de abrigo para nuestros valientes que luchan en el frente ruso.
            Hans repuso: Niña, puedes meterte tu insignia nazi por el culo y meterle otra de mi parte a la camarada Gertrud.
            Como final de esta historia no estaría mal la elocuente frase del buen Hans Boll. Por desgracia, a la mañana siguiente dos hombres bien trajeados, miembros de la Gestapo, vinieron a visitarle a casa. Nunca se ha sabido qué fue del anciano bedel. Su rastro se pierde en el tortuoso río de la historia y de los Lager, conocidos en España como campos de concentración.

8 comentarios:

  1. No hay tanta diferencia entre lo narrado en este cuento y lo que ocurre en la realidad actual. A mi, hace bien poco, me redujeron la jornada laboral al 75% (era eso o a la puta calle). Y encima mejor no te quejes....
    Volvemos a la época en que el jornalero iba a ver al señorito de turno con la gorra entre sus manos y las orejas gachas. Si es que alguna vez escapamos de eso...

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    1. La cosa está muy mala, en efecto, y nada como el nacionalsocialismo para hacernos de paradigma respecto a la injusticia que vivimos. Los ingresos de todos han bajado y la cosa va para largo. Al menos nos queda la literatura, pardiez!!!

      Un abrazo, amigo!!!!

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  2. Soñar es gratis, si. Pero no lo digas muy alto que nos meterán un canon...

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    1. Malditos nazis de hoy en día jajaja XDXDXD

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  3. El relato me atrapó de principio a fin. Tienes razón, un poco de literatura en tu blog no viene mal. Si nos ponemos a comparar lo que sucede en el texto... no vamos muy desencaminados a acercarnos a aquella época. Siempre nos quedarán nuestras historias que contar. Mi enhorabuena.

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    1. La literatura es lo más bonito de mi vida y justifica mi existencia (y la de muchos otros). Mientras puede seguir creando los tiempos presentes nunca serán malos del todo. No podemos perder la esperanza :)

      Gracias por tu comentario y por tu apoyo. Muchos abrazos!!!

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