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Asturias, Spain
Javier Cosnava nació en Hospitalet de Llobregat, aunque reside en Oviedo. Ha publicado en papel 4 novelas como escritor en editoriales como Dolmen o Suma de Letras; también 5 novelas gráficas en España y Francia como guionista de cómic. Ha colaborado en 9 antologías de relatos: 7 como escritor y 2 como guionista. Ha ganado 36 premios literarios, destacando el Ciudad de Palma y el premio Haxtur del Festival del Principado de Asturias. Puedes seguir su obra en: http://cosnava.wordpress.com/

martes, 26 de junio de 2012

18-El primer alcalde español de la historia





(Rebuscando en los libros de historia, he hallado el ancestro del que provienen la mayor parte de alcaldes y/o políticos españoles. Mis investigaciones me han llevado al Antiguo Egipto. He aquí su resultado en forma de breve cuento)


            Onofris, el alcalde de la pequeña ciudad egipcia de Khent-min, tenía un problema: no podía disponer ni de un miserable Deben de oro para las obras públicas que precisaban sus conciudadanos. No podía construir un pozo nuevo para que hubiese agua todo el año en el interior, cuando les abandonaba la crecida del Nilo; no podía acondicionar la vieja escuela, que se había incendiado fortuitamente meses atrás; no podía mandar reconstruir el tejado del granero ni las compuertas de los silos, que hacía tiempo que estaban ajadas y carcomidas por las termitas. Y lo más importante: no tenía dinero para gastar en sus vicios o en las casas de lenocinio.
            —¡Por el pelo amarillo de Min! —se lamentaba, mientras paseaba entre las calles, viendo todo lo que estaba por hacer.
            Min, el dios itifálico, el loco del gorro amarillo, protector de las pistas del desierto oriental y patrón de su ciudad... les había abandonado. En el lejano pasado, Khent-min había sido un lugar floreciente, amado por el faraón y por los hombres poderosos de la capital. Pero eso había quedado sepultado en las arenas del tiempo. Sus templos se habían agostado al sol, El-Lugar-Prohibido-Que-No-Puede-Conocerse, la capilla del dios Min, se había desplomado, y las columnas papiriformes de la entrada se habían venido abajo. Ahora yacían en el suelo pedazos colosales de piedra, proclamando al mundo la ruina de su ciudad.
            Onofris se quedó mirando el capitel de una de aquellas columnas durante largo tiempo, mientras rumiaba una idea que acababa de ocurrírsele. Hacía cuatro Décimos, había acudido a Tebas, la capital, a solicitar del Visir ayuda para él y sus conciudadanos, para su escuela, para su templo abandonado, para sus pozos, para su granero, para sus silos... para lo que fuese. Si al menos pudiera conseguir financiación para alguna de esas obras, ya sería un comienzo. Pero el Visir se negó, tajante:
            —¿Quién recuerda a Khent-min? Una vez fue un nudo de comunicaciones de nuestro reino. Pero hoy ya no es nada.
            Porque al visir y a los funcionarios de la capital sólo les interesaban los saqueos de tumbas. Por todo el país, los ladrones campaban a sus anchas asolando las Moradas Eternas de los antiguos faraones y sus familias. Se había creado un cuerpo policial específico y una sociedad de sacerdotes juramentados vigilaban los sepulcros; pero todo era en vano. El faraón se había gastado miles y miles de Deben de oro en proteger a los muertos mientras los vivos se las ingeniaban para robarles sus pertenencias.
            —Si al menos tuviéramos aquí algún ladrón de tumbas —pensó Onofris, de vuelta al presente, delante de los restos del viejo templo de Min.
            Pero lo cierto es que la necrópolis de su ciudad, a pesar de poseer antiguas y lujosas tumbas de la dinastía IX, la época dorada de sus gentes, nunca había sido atacada por los ladrones. Aunque eso, naturalmente, tenía solución.
            Terminando la cosecha, Nejery, mensajero especial del visir, se personó en Khent-min. Acababan de recibir la noticia de que una nueva banda de ladrones se había adentrado en el Nomo para saquear las tumbas. Nejery se encontró con el alcalde Onofris, el cual, desolado, le mostró la entrada de varias de ellas. No se atrevieron a entrar en el interior para no estorbar todavía más el descanso de sus antepasados, pero comprobaron que los sellos de las cámaras mortuorias habían sido rotos y que los bandidos habían literalmente destruido el interior de los sepulcros, arrancado pedazos enormes de columnas, tirados los baúles y los sarcófagos con los tesoros al suelo, ya vacíos, y creado tal confusión y cantidad de escombros como nunca había visto en todos sus años de servicio.
            Al cabo de un sólo Décimo llegó una tabilla a manos de Onufris por la que el Jefe de la Casa del Oro y la Plata, el tesorero real, le hacía entrega de doscientos Deben de oro para crear un cuerpo policial a fin de preservar el sueño eterno de los que moraban en la necrópolis de su ciudad. El alcalde sonrió e hizo retirar los escombros de delante de las tumbas. Las piedras pertenecían todas al viejo templo en ruinas y no a los sepulcros. Los baúles y los sarcófagos que había por el suelo los había encargado a unos artesanos del lugar y nunca habían contenido tesoros ni momia alguna. Respecto a los sellos de las cámaras mortuorias, había tapado los verdaderos con argamasa e instalado réplicas de arcilla que luego quebró, para que el mensajero del visir creyese que las tumbas habían sido violadas. Pero en realidad, los antepasados viajaban cómodamente en la barca de Ra, disfrutando de su merecido e inmortal descanso.
            Y también continuarían su viaje los vivos, pero con un granero, una escuela, un pozo y unos silos nuevos. Mientras, él podría de nuevo gastar el dinero público, y a manos llenas, en ánforas de buen vino o en las mejores prostitutas de la capital.
            Seguro que el padre Osiris, en su infinita sabiduría, sabría comprender que no sólo los muertos tienen necesidades. Los alcaldes de pueblo, por ejemplo, tienen tantas o más necesidades que ellos.

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